Critique et vérité.
Barthes,
Roland; Crítica y verdad. /México/, Siglo veintiuno
editores, /1985/.
Título
original: Critique et verité
Primera edición en francés de 1966
Argumento general: defensa de la "nueva crítica"
frente a los ataques de otros autores, en especial de R. Picard en su Nouvelle
critique ou nouvelle imposture, Paris, J.J.Pauvert, 1965.
"Hacer una segunda
escritura con la primera escritura de la obra es abrir el camino a márgenes
imprevisibles, suscitar el juego infinito de los espejos..."
"Mientras la crítica
tuvo por función tradicional el juzgar, solo podía ser conformista, es decir
conforme a los intereses de los jueces. Sin embargo, la verdadera
"crítica" de las instituciones y de los lenguajes no consiste en
"juzgarlos, sino en distinguirlos,
en separarlos, en desdoblarlos. Para ser subversiva, la
crítica no necesita juzgar le basta hablar del lenguaje, en vez de servirse de
él."
LO VEROSIMIL CRITICO
Si se aplica el criterio de
verosimilitud aristotélico a las obras de masa, tal vez se pueda reconstruir lo
verosímil de nuestra época porque tales obras jamás contradicen lo que el
público cree posible por imposible que aquello sea, histórica o
científicamente. Así también existe un verosímil crítico que no permite
contradecir lo que proviene de la tradición.
Este verosímil se sustenta
en cuatro reglas básicas: la objetividad, el gusto, la claridad, la asimbolia
que son analizadas por Barthes en la primera parte de este libro.
LA OBJETIVIDAD: ¿Qué es la
objetividad en materia de crítica literaria? El idioma no es nunca sino el
material de otro lenguaje que no contradice al primero y que se halla lleno de
incertidumbres. ¿A qué instrumento de verificación, a qué diccionario iremos a
someter este segundo lenguaje profundo, simbólico, con el cual está hecha la
obra y que es precisamente el lenguaje de los sentidos múltiples?
La obra tiene un sentido
literal del cual, en caso necesario, nos informa la filología; la cuestión
consiste en saber si tenemos o no el derecho de leer en ese discurso literal
otros sentidos que no lo contradigan; a este problema no responderá el
diccionario sino una decisión de conjunto sobre la naturaleza simbólica del
lenguaje.
La objetividad del crítico
no dependerá de la elección del código, sino del rigor con el cual aplique a la
obra el modelo que haya elegido.
En poesía, la palabra no
sirve solo para comunicar como en una chata transacción sino también para
evocar, sugerir; posee un valor referencial.
EL GUSTO: Lo habitual determina
el gusto de lo verosímil. El gusto confunde lo bello y lo bueno bajo la especie
de una simple medida.
El autor se refiere en este
punto a la condena que la vieja crítica somete al psicoanálisis debido en parte
también a que la imagen del psicoanálisis que prevalece entre los antiguos
críticos está pasada de moda. Barthes también ve puntos discutibles en la
visión psicoanalítica de la crítica pero rescata ciertos elementos:"...el
hombre psicoanalítico no es geométricamente divisible y, según la idea de
Jacques Lacan, su topología no es la de adentro
y la de afuera, y aún menos la de
lo alto y de lo bajo, sino más bien la de un anverso y de un reverso móviles, cuyo
lenguaje no cesa precisamente de intercambiar los papeles y de dar vuelta las
superficies alrededor de algo que, para terminar y para comenzar, no es."
LA CLARIDAD: Barthes ataca
en primer lugar el viejo mito de que pueda haber lenguas más o menos lógicas
que otras. Del mismo modo, no existe dentro de la crítica una "jerga"
mejor que otra.
LA ASIMBOLIA: "Sin
duda, la lectura de la obra debe hacerse al nivel de la obra; mas, por una
parte, no se ve cómo, una vez establecidas las formas, podría evitarse el
encontrar los contenidos, que vienen de la historia o de la psiquis, en suma, de esos "otros
lados" que la antigua crítica no quiere por nada del mundo." El
análisis estructural de la obra solo puede hacerse en función de modelos
lógicos: de hecho, la especificidad de la literatura no puede postularse sino
desde el interior de una teoría general de los signos: para tener el derecho de
defender una lectura inmanente de la obra, hay que saber lo que es la lógica,
la historia, el psicoanálisis; en suma, para devolver la obra a la literatura,
es precisamente necesario salir de ella y acudir a una cultura antropológica.
Para la antigua crítica se trata de defender una especificidad puramente
estética: quiere proteger en la obra un valor absoluto, indemne a cualquiera de
esos "otros lados" despreciables que son la historia o los bajos
fondos de la psiquis. Lo verosímil
crítico va a parar en el silencio, o en su sustituto: la charla; una amable
conversación, decía ya en 1921 Roman Jakobson de la historia de la literatura.
Ni siquiera han liberado a la crítica para poder decir el sentido que los
hombres modernos pueden dar a las obras pasadas.
El antiguo crítico es
victima de la asimbolia: no puede percibir o manejar los símbolos, es decir la
coexistencia de sentidos. Pero, desde el momento en que se pretende tratar la
obra en sí misma, según el punto de vista de su constitución, es imposible no
plantear en su dimensión más grande las exigencias de una lectura simbólica. La
nueva crítica ha trabajado abiertamente partiendo de esta naturaleza simbólica,
lo que hay que discutir son los límites y las libertades.
"...no hay ya poetas,
ni novelistas: no hay más que una escritura."
LA CRISIS DEL COMENTARIO
"Es escritor aquel para
quien el lenguaje crea un problema, que siente su profundidad, no su
instrumentalidad o su belleza." "...ahora el escritor y el crítico se
reúnen en la misma difícil condición, frente al mismo objeto: el lenguaje.
Mediante referencias al pensamiento de Lacan y de Levis Strauss, Lo crudo y
lo cocido, Barthes habla de una transformación de la palabra discursiva que
aproxima el crítico al escritor. Estamos en una crisis del comentario debida al redescubrimiento del aspecto
simbólico del lenguaje, o, si se prefiere, la naturaleza lingüística del
símbolo y esto ocurre bajo la acción conjugada del psicoanálisis y el
estructuralismo. "Durante mucho tiempo la sociedad clásico-burguesa ha
visto en la palabra un instrumento o una decoración; ahora vemos en ella un
signo y una verdad."
El debate de la crítica
literaria hoy debe girar acerca de cuáles son las relaciones de la obra y el
lenguaje. Si la obra es simbólica, ¿a qué reglas de lectura debemos atenernos?
¿puede haber una ciencia de los símbolos escritos? ¿Puede el lenguaje del
crítico ser él mismo simbólico?
LA LENGUA PLURAL
"...la obra tiene
muchos sentidos. Cada época puede creer, en efecto, que detenta el sentido
canónico de la obra, pero basta ampliar un poco la historia para transformar
ese sentido singular en un sentido plural y la obra cerrada en obra
abierta." "La variedad de los sentidos, no proviene
pues de un punto de vista relativista de las costumbres humanas; designa, no
una inclinación de la sociedad al error, sino una disposición de la obra a la
apertura; la obra detenta al mismo tiempo muchos sentidos, por estructura, no
por la invalidez de aquellos que la leen. Por ello es pues simbólica: el
símbolo no es la imagen sino la pluralidad de los sentidos."[1]
"El símbolo es constante. Solo pueden variar la conciencia que la
sociedad tiene de él y los derechos que le concede."
"... sea lo que piensen
o decreten las sociedades, la obra las sobrepasa, las atraviesa, a la manera de
una forma que vienen a llenar, uno tras otro, los sentidos más o menos
contingentes, históricos: una obra es 'eterna', no porque imponga un sentido
único a hombres diferentes, sino porque sugiere sentidos diferentes a un hombre
único, que habla siempre la misma lengua simbólica a través de tiempos
múltiples: la obra propone, el hombre dispone."
"Todo lector lo
sabe...: ¿no siente acaso que retoma contacto con cierto más allá del texto, como si el lenguaje primero de la obra
desarrollara en él otras palabras y le enseñara a hablar una segunda lengua? Es
lo que se llama soñar."
"La literatura es
exploración del nombre"..."debemos
leer como se escriben es entonces cuando 'glorificamos' la literatura
('glorificar' es 'manifestar en su esencia') porque si las palabras no tuvieran
más que un sentido, el del diccionario, si una segunda lengua no viniera a
turbar y a liberar 'las certidumbres del lenguaje', no habría literatura. Por
eso las reglas de la literatura no son las de la letra, sino las de la alusión:
son reglas lingüísticas, no filológicas."
La filología fija el sentido
literal de un enunciado, pero carece de todo poder sobre los sentidos segundos.
Por el contrario la lingüística no trabaja para reducir las ambigüedades del
lenguaje, sino para comprenderlas y, si puede decirse, para instituirlas. El lingüista comienza a
aproximarse a lo que los poetas conocen desde hace mucho bajo el nombre de sugestión, o de evocación, dando así a las fluctuaciones de sentido un status
científico.
R. Jakobson habla de la
ambigüedad constitutiva del mensaje poético (literario): "la lengua
simbólica a la cual pertenecen las obras literarias es por estructura una lengua plural, cuyo código está hecho de tal
modo que toda habla (toda obra) por él engendrada tiene sentidos múltiples.
Esta disposición existe ya en la lengua propiamente dicha, que comporta muchas
más incertidumbres de lo que se pretende..."pero en nada se comparan con
las del lenguaje literario pues en el lenguaje práctico , las ambigüedades
pueden reducirse por la situación en
que aparecen mientras que la obra es para nosotros sin contingencia, la ambigüedad
en ella es pura.
Retirada de toda situación,
la obra se presta a ser explorada: tanto para el que la escribe como para el
que la lee se convierte en una cuestión planteada al lenguaje. La obra se hace
depositaria de una incesante indagación sobre la palabra...
Si la obra detenta por
estructura sentidos múltiples, debe dar lugar a discursos diferentes: se puede
apuntar a todos los sentidos o, lo que es lo mismo, al sentido vacío en que se
basan todos o bien apuntar a uno solo de esos sentidos. Así Barthes propone el
nombre de ciencia de la literatura al
discurso general cuyo objeto es la pluralidad de sentidos de la obra y crítica literaria a ese otro discurso
que asume abiertamente, a su propio riesgo, la intención de dar un sentido
particular a la obra. Como la atribución de sentido puede ser escrita o
silenciosa, Barthes separará la lectura (inmediata)
de la crítica (mediatizada por un
lenguaje intermedio). Así se ocupará a continuación de los tres términos: Ciencia, Crítica y Lectura.
LA CIENCIA DE LA LITERATURA
Poseemos una historia de la
literatura, pero no una ciencia pues no se ha reconocido plenamente la
naturaleza del objeto literario que
es un objeto escrito. La ciencia no lo será de los contenidos sino de las condiciones, es decir de las formas. Le
interesarán las variaciones de sentido engendradas y engendrables por las obras: no interpretará los símbolos sino su
polivalencia; en suma, su objeto no será ya los sentidos plenos de la obra,
sino, por lo contrario, el sentido vacío que los sustenta a todos. Su modelo
será el lingüístico. La ciencia de la literatura tendrá por objeto determinar
no por qué un sentido debe aceptarse sino por qué es aceptable en función de las reglas lingüísticas del símbolo.
"...hay quizá en el
hombre una facultad de literatura"
que no está hecha de genio, inspiraciones o voluntades personales sino de
reglas acumuladas mucho más allá del autor. La Musa susurra al escritor la gran
lógica de los símbolos, las grandes formas vacías que permiten hablar y operar.
El autor y la obra son
puntos de partida de un análisis cuyo horizonte es el lenguaje. Esta ciencia
descubrirá según qué lógica los sentidos son engendrados.
LA CRÍTICA
Ocupa un lugar intermedio
entre la ciencia y la lectura. La crítica no "traduce" la obra, porque
nada hay más claro que la obra; sino que "engendra" cierto sentido
derivándolo de una forma que es la obra... La crítica desdobla los sentidos,
"hace flotar un segundo lenguaje por encima del primer lenguaje de la
obra".
"...la sanción del
crítico no es el sentido de la obra, sino el sentido de lo que dice sobre
ella".
"La primera sujeción es
la de considerar que en la obra todo es significante: una gramática no está
bien descrita si todas las frases no
pueden explicarse en ella; un sistema de sentido no cumple su función si todas las palabras no pueden encontrar
en él un orden y un lugar inteligible: basta con que un solo rasgo esté demás
para que la descripción no sea buena". Barthes discute la validez de esta
regla de exhaustividad que impide al crítico lo que se da en llamar
"generalizaciones abusivas" (tratar como "generales"
situaciones que sólo se encuentran en dos o tres tragedias de Racine), por
cuanto recuerda que estructuralmente, "el sentido no nace por repetición
sino por diferencia, de modo que un término raro, desde que está captado en un
sistema de exclusiones y de relaciones, significa tanto como un término
frecuente..."
Discute además el criterio
de definir el interés de un rasgo por el número de sus ocurrencias pues es
imposible decidir metódicamente ese número. (¿Cuántos elementos me permiten
generalizar?). "Generalizar" no designa pues, en este caso, una
operación cuantitativa (inducir del número de ocurrencias la verdad de un
rasgo), sino cualitativa (insertar todo término, aún raro, en un conjunto
general de relaciones). Un término puede formularse una sola vez en toda la
obra y sin embargo, por efecto de cierto número de transformaciones que definen
el hecho estructural, estar presente "en todas partes" y "siempre".
Esas transformaciones tienen
sus sujeciones también: son las de la lógica simbólica; estas afirmaciones de
la vieja crítica son estúpidas para Barthes pues "hay una lógica del
significante;... al menos es posible acercarse a ella, cosa a la cual se
aplican el psicoanálisis y el estructuralismo".
Disponemos de ciertos
modelos que permiten explicar las cadenas de símbolos, enunciados a la vez por
el psicoanálisis y la retórica. Son por ejemplo, la sustitución propiamente
dicha (metáfora), la omisión (elipsis), la condensación (homonimia), el
desplazamiento (metonimia), la denegación (antifrase). "Lo que el crítico
trata de encontrar serán pues las transformaciones reglamentadas, no
aleatorias, que atañen a cadenas muy extendidas...de suerte que la obra...se
halle penetrada por una unidad cada vez más vasta...."
"El libro es un
mundo". El crítico experimenta ante el libro las mismas condiciones de
habla que el escritor ante el mundo. Es aquí donde llegamos a la tercera
sujeción de la crítica.
Barthes se explaya en contra
de la pretendida "subjetividad" de la que acusa la vieja a la nueva
crítica. "...la crítica no es la ciencia: en crítica no es el objeto lo
que hay que contraponer al sujeto, sino su predicado. Se dirá de otra manera
que la crítica afronta un objeto que no es la obra, sino su propio lenguaje...
el sujeto...(es) un vacío en torno del cual el escritor teje una palabra
infinitamente transformada...toda escritura que
no miente designa, no los atributos interiores del sujeto, sino su
ausencia. El lenguaje no es el predicado de un sujeto...: es el
sujeto."..."Lo que arrastra consigo el símbolo es la necesidad de
designar incansablemente la nada del yo que soy...el crítico no
"deforma"...reproduce, ...el signo de las obras mismas cuyo
mensaje... no es tal "subjetividad", sino la confusión misma del
sujeto y el lenguaje...
Ciertamente la crítica es
una lectura profunda...descubre en la obra cierto inteligible y en ello, es
verdad, descifra y participa de una interpretación. Sin embargo, lo que devela
no puede ser un significado..., sino solamente cadenas de símbolos, homología
de relaciones..."
"...La crítica no es
una traducción sino una perífrasis. No puede pretender encontrar de nuevo el
'fondo' de la obra, ese fondo es el sujeto mismo, es decir una ausencia: toda
metáfora es un signo sin fondo...el crítico solo puede continuar las metáforas
de la obra, no reproducirlas...dígase lo que se diga de la obra, queda siempre,
como en su primer momento, lenguaje,
sujeto, ausencia."
Existen, para Barthes, dos
maneras de no acertar con el símbolo: negarlo o interpretándolo científicamente
deteniendo la metáfora infinita de la obra (como los críticos sociológicos o
psicoanalíticos), lo que produce este yerro es la disparidad arbitraria de los
lenguajes de la obra y de la crítica. "Es menester que el símbolo vaya
buscar al símbolo, es menester que una lengua hable plenamente otra
lengua"...
LA LECTURA
"Leer es desear la
obra...Pasar de la lectura a la crítica es cambiar de deseo, es desear, no ya
la obra, sino su propio lenguaje...es remitir la obra al deseo de la escritura,
de la cual había salido. Así da vueltas la palabra en torno del libro: leer,
escribir: de un deseo al otro va toda la literatura.
[1]
No se habla aquí de símbolo en el sentido en que lo usa la semiología
sino en sentido general.
"•£/ objetivo de toda actividad estructuralista, tanto si es reflexiva como poética, es reconstruir un "objeto", de modo que en
ResponderEliminaresta reconstrucción se manifiesten las reglas de funcionamiento
(Jas. "funciones") de este objeto" (1).Barthes.La actividad estructuralista. sabrina